Articulos para la categoria Bancos
Los clientes bancarios pagan de media 274,77 euros anualmente en concepto de comisiones, una cantidad que, según denuncia la asociación de usuarios de banca Adicae, ha aumentado un 60% en los últimos cuatro años y continúa creciendo "de manera alarmante" en "plena crisis".
En un estudio de esta asociación, en la que se han analizado 44 bancos y cajas de ahorros, se destaca que el usuario se gasta de media 75,48 euros en el mantenimiento de su cuenta corriente y 57 euros en el de su libreta de ahorros, mientras que desembolsa 64,91 euros por las tarjetas de débito, 52,77 euros por las de crédito y 24,62 euros por transferir su dinero de una cuenta a otra.
Adicae denuncia además que según el estudio ha habido una "alarmante" subida de comisiones bancarias durante junio y julio, en concreto por parte de 35 entidades.
El aumento de comisiones, destaca, se produce en la mayoría de los casos sin previo aviso a los usuarios, incumpliendo la obligación de comunicación previa al cliente de modificación de comisiones.
Ante esta situación, Adicae reivindica una regulación "justa y razonable" de las comisiones, así como la presencia de los consumidores en el sector bancario a través de un organismo colegiado que asesore e informe en asuntos relacionados con el crédito y la transparencia en las operaciones financieras.
A la hora de pedir un préstamo hipotecario, algunos bancos casi piden primero un aval bancario antes de interesarse por el nombre o DNI del ciudadano. Para ser candidato a conseguir una hipoteca no basta con dar muestras de solvencia, sino que es necesario contar además con un buen respaldo económico que pueda soportar la deuda en caso de que el titular de la misma se vea afectado por turbulencias económicas. Desde 2007, cuando estalló la crisis financiera actual, la morosidad ha pasado de estar en el 0,40% a alcanzar el 4,14% a cierre de febrero de 2009. De ahí que los bancos hayan subido el listón de exigencias para prestar dinero. Ya no se conceden créditos que financian el 100% de la vivienda, que supongan pagar más del 40% de los ingresos que recibe la unidad familiar al mes, o que no cuenten con un aval hipotecario.
En muchas ocasiones, son los padres los que avalan a sus hijos para asegurar a las entidades financieras que éstos cuentan con un sólido respaldo financiero. No obstante, es habitual que los propios avalistas desconozcan hasta dónde llega su compromiso y cuál es de verdad su papel como máximos responsables del préstamo en caso de impago por parte del titular. Esta figura también ha sufrido cambios en lo últimos tiempos y, ahora, el título de avalista sólo se consigue si se supera un difícil examen en el que se demuestre su capacidad financiera.
¿Qué es un aval hipotecario?
Los tipos de avales son numerosos pero el más conocido y popular en estos tiempos de incertidumbre económica es el aval hipotecario. Esta figura no es material sino física. Puede definirse como la persona que voluntariamente garantiza el pago de un préstamo si los titulares y benefactores de la vivienda no pueden hacer frente a los pagos comprometidos. Actúa como un fiador o un garante de que el banco o caja de ahorros recibirá las letras mensuales establecidas. Es, por tanto, una persona que asume un riesgo, ya que debe demostrar que cuenta con bienes y con capacidad financiera suficiente como para poder hacer frente al pago de las cuotas. Será quien afronte la totalidad del pago de la hipoteca cuando el titular no pueda pagarla.
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Hace apenas un año, la crisis se veía como algo lejano e incluso etéreo. Se oía hablar de ella, pero muy pocos sabían dónde se encontraba realmente. Hasta que un buen día todo cambió. Ni la peor de las previsiones de los más agoreros coincidía con la situación que atraviesa el sistema bancario occidental en estos momentos. Ésta es una crisis contada en capítulos y cuyo desenlace no parece estar demasiado cerca. Todo comenzó con las ya famosas hipotecas basura norteamericanas, más tarde vinieron los temidos contagios del "virus subprime" a los bancos europeos, después las inyecciones de capital a la banca, la bancarrota de Lehman Brothers, el caso Madoff y la más reciente entrega: la intervención del Banco de España en Caja Castilla-La Mancha. Y lo peor es que parece que la manchega no será ni la primera ni la última de las cajas españolas que deberán ser rescatadas por el Banco de España.
La crisis parece no tocar fondo mientras que la desconfianza de los consumidores sobre la salud del sistema bancario español no deja de crecer. Vuelve a estar en boca de muchos aquello de "es mejor tener el dinero debajo del colchón". No es extraño que el recelo, el nerviosismo y el desconocimiento sobre el sistema de garantía que protege el dinero de los ahorradores españoles provoquen este tipo de reacciones. ¿Qué sucedería si nuestros bancos entraran en bancarrota? Afortunadamente, el nuestro es un sistema bancario sólido y más prudente y cauteloso que sus homólogos europeos e incluso mundiales, y por eso en España existen diversos organismos estatales que velan por el dinero que los ahorradores tienen depositado en bancos, cajas, aseguradoras y sociedades de valores.
¿Cómo funciona el sistema de garantía?
El sistema bancario español está diseñado para que en caso de que algún banco o caja de ahorros se declare insolvente sus clientes se encuentren respaldados y puedan recuperar sus ahorros, o parte de ellos. Y es por ello por lo que existe el Fondo de Garantía de Depósitos (FGD), que además refuerza la solvencia y el funcionamiento de una entidad en dificultades con el fin de defender los intereses de los depositantes y del propio fondo. En realidad, bajo el paraguas del Fondo de Garantía de Depósitos funcionan tres fondos:
- Fondo de Garantía de Depósitos para Establecimientos Bancarios (FGDEB).
- Fondo de Garantía de Depósitos en Cajas de Ahorros (FGDCA).
- Fondo de Garantía de Depósitos en Cooperativas de Crédito (FGDCC).
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¡Cuidado con su cartera!, en estos momentos contiene uno de sus peores enemigos: la tarjeta de crédito. En plena cuesta de enero, estos pequeños instrumentos representan para muchas familias un oasis ante el creciente número de gastos que hay que afrontar tras sobrevivir a unas fechas, las navideñas, que ha dejado vacías las arcas del ahorro doméstico. La dependencia de la tarjeta como medio para olvidar los sinsabores de la cuenta corriente es, para muchos, la mejor terapia para afrontar las primeras compras del año sin estrés ni preocupaciones. Sin embargo, con este hábito los problemas de liquidez no sólo se mantienen, sino que se agravan.
Un desapego extremo del estado real de la salud del bolsillo puede salir muy caro, y es fácil, incluso probable, que la tarjeta se transforme a medio plazo en el principal enemigo de su titular. La razón es que uno de sus principales atractivos es el de simular que las compras son gratis -puesto que nunca se palpa el dinero- y que el límite de gasto es infinito. Nada más lejos de la realidad: son numerosas las ocasiones en las que se abonan las compras a precios desorbitados sin que el usuario sea consciente de ello. Por eso hay que decirlo alto y claro: las compras a crédito a través de la tarjeta son caras. A ello se suma que en la actualidad, ante la crisis, numerosas entidades han endurecido las condiciones de uso de estos medios de pago. Los tipos de interés y las comisiones por su mantenimiento han subido, los límites para comprar han bajado y los bancos y cajas exigen un mayor número de documentos y garantías para la concesión de una tarjeta.
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El principal rasgo que distingue a unos y otras es el fin al que van a parar sus beneficios anuales.
Cuando surge la necesidad de contratar los servicios o productos de una entidad financiera, pocos son los que basan su decisión en función de si se trata de una caja de ahorros o de un banco. Son las condiciones económicas, los tipos de interés y otras cuestiones los que finalmente tienen la última palabra. Pero, desde el punto de vista del consumidor, ¿qué es lo que hace diferente a una caja de ahorros de un banco? Aunque "a priori" pueda parecer que se está ante un mismo tipo de empresa -ya que las gestiones que se llevan a cabo en una u otro son muy similares-, y que lo único que varía es el nombre, lo cierto es que hay distintos aspectos que diferencian a unas entidades financieras de otras, especialmente el destino al que van a parar sus beneficios anuales.
Las cajas de ahorro nacieron en el siglo XIX por orden ministerial como instrumento para fomentar el ahorro de las clases populares y combatir la usura compitiendo con quien la practicase. No son, por tanto, en su esencia, sociedades con ánimo de lucro. Con el paso del tiempo, esta particularidad se reguló por ley, de modo que las cajas de ahorro están obligadas a destinar sus beneficios anuales a reforzar su solvencia y futuro económico -lo que comúnmente se conoce como "reserva"- y a atender las necesidades sociales -dinero para obra social-.
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